Experiencias,  Leer más de 5min,  Viajar

Flashando amor con Guillherme, en Rio de Janeiro

Soy consciente que por más que intentemos no se puedan recrear los estados anímicos mas que vivenciándolos en primera persona. Que lo único que me queda para acercarme lo mas acertadamente posible a esa sensación es el medio retrogrado de la palabra. Pero si lo que quedan son las palabras, entonces que sean lo más sinceras e intensas posibles, como la intensidad con la que me atravesó Guillherme, 96 horas después de toparme con su sonrisa en una esquina de Rio de Janeiro.

Guillherme fue una de esas historias de amor fugaces que no se si algún día me voy a animar a volver a intentar. La típica escena que ves de afuera y sabes que nunca te va a pasar: el grupito de amigos random que conoces por azar, copados, que te hospedan, te invitan todo, te pasan a buscar, tienen excesiva buena onda, y ninguno se te tira descaradamente cual obrero en la calle. No comulgo con estas expresiones hippies, pero gente posta de “mucha luz” y se me pone la piel de gallina de solo reproducir ese momento en mi cabeza. Tipo notificación de Whatsapp me saltaron las miles de veces que este viaje recibí el comentario “tenés una vibra increíble”. ¿Será esto que siento yo ahora lo que la gente percibe de mí? Me gusta pensar que sí. Y como yo relato… vamos así va a ser.

Los conocí casualmente en una esquina de Copacabana, esperando a mi amigo Juan, que aunque le tengamos cariño fuerte con su boxer turquesa y su perreo mañanero (sin preguntas), además de ser Belga era bastante impuntual. Debido al colapso por carnaval, alquilamos un cuarto por Airbnb por dos días. Me topé con este grupo de cuatro pibes de Porto Allegre, y apenas me dijeron, “qual o seu nome?” me caí de la zarpada buena onda de los flacos. No sé ni como explicar lo bien que se sintió intercambiar tres minutos de charla con ellos. Sigo asombrada de lo que me provocó ese encuentro.

Me invitaron a dejar mi mochila en su casa y seguir de gira a uno de los blocos de la ciudad, pero tenía que esperar a Juan.“Por algo pasan las cosas, si tiene que ser va a ser”, me repetí y simplemente los dejé ir esperando que vuelvan, como quien se equivoca de pedido en Mc Donald’s y espera que le saquen la mostaza a esa hamburguesa con queso (soy una vegana que extraña mucho Mc Donald’s). No puedo explicar la sensación que me recorre de solo pensar ese instante. Literalmente en ese momento sentí ARDER LA VIDA. Suena re romántico, pero todos lo tenemos un poquito escondido, ¿no?

Dicho y hecho, nos desencontramos dos veces en el transcurso de dos días, hasta que finalmente una noche, concretamos un encuentro en su depto con mis tres amigos ingleses, Juan (el belga-impuntal-de-boxer-turquesa) y yo. Pisar ese departamento fue directamente proporcional al ataque de risa que tuve por segundo y entre risa y risa -y permítanme usar esta expresión cliché de balada a lo Sin Bandera-… lo ví.

Pibe con nariz prominente y sonrisa fresca, energía muy al palo y la cadencia melódica del portugués… pucha, me mató. Y por cuatro días, los más intensos de todo mi paso por Brasil, me instalé en su depto y no lo solté más.

Sinceramente y aunque suene bastante looser, siempre soñé con experimentar algo de todo esto. Pero con cariño lo digo. Nunca me caractericé por ser la que “levanta” de mi grupo. En general sos linda o copada, y siempre me tocó (¿elegí?) ser del segundo grupo. Pero SIEMPRE estando de viaje, no sé si soy yo, las feromonas, los rayos UV, la menstruación o qué pero todos siempre me recalcan lo buena onda que soy (BANCALA. No, pará, posta). JAMÁS me pasa en Buenos Aires.

Una vez más toqué ese pedacito de cielo, razón por la que sigo eligiendo viajar: ufff… la bendita sorpresa. Cada sensación fue algo nuevo para mí, apenas una sonrisita de Mona Lisa en mi cara (para no ser goma recalcando lo feliz que estoy cada 5min), pero AHHHHHHH!!! Qué mamarracheadas tenía las entrañas por dentro, mamaaaaaa! Viví estar en carnaval, saltar, gritar, chapar y reír al mismo tiempo. Experimenté tomar al punto justo de estar presente en el instante que elegí estar. Experimenté que me roben el medio del bloco, llorar, y al segundo reír porque no quería que ese momento se acabara. Vi aparecer a la ex-quenoesexperoenrealidadsiesexperonadieentiende del pibe en el medio del desfile directo a patotearme y una vez más, llorar, y al segundo reír porque no quería que ese momento terminara nunca. Reía, porque lo que vivía era alucinante. Lloraba porque muchas imágenes se me venían a la cabeza. Porque por un segundo bajé de la nube y me acordé que una vez más… me toca ser la segunda (no comments). Reía porque estaba EN BRASIL PAPÁ, tachando un sueño de la bucket list, y lloraba porque no quería que se acabe jamás. Nunca agradecí y puteé tanto al mismo tiempo. Cuando volvió Guillerme, y en medio de ese mar de sensaciones… nos fuimos por una pizza.

NOTA: Ante la ira, la angustia, la felicidad, la incertidumbre, coma.

Y acá vino lo heavy. Se desató una charla sobre el amor con una profundidad y complejidad que solo logré con mis amigas después de varios años de amistad y complicidad. Me confesó que esa piba era su novia… pero no tanto, que siempre que la veía sentía debilidad, pero que habían acordado estar con otras personas. Es increíble como ante las emociones todos nos pelotudizamos de Brasil a Sri Lanka, no importa de que parte del mundo vengamos. Cuando finalmente interpreté su portuñol, y para mi sorpresa, no sabía qué sentir al respecto. No sé si fue por el hambre (esa pizza tenía una pinta que mamaaaa), el alcohol, Brasil, o seguramente porque me estaba por venir, pero por alguna razón en ESE instante me sentí amando. En gerundio. Sí. Y me quebré de solo pensarlo. Muy vulnerable, entre lágrimas y risa le confesé que yo todavía creía en el amor para toda la vida. Y al segundo de decirle:

“yo nunca estuve en una relación antes, así que no puedo aconsejarte pero todavía sostengo que cuando amas a alguien, no tenés ganas de pensar en nadie más. No es siquiera una posibilidad. No sé si existe… pero yo busco eso del amor, yo espero eso del amor, y por eso justamente… espero”.

Me quebré. Ni siquiera sabía que pensaba eso. Fue como si las palabras, en su infinitud de combinaciones, ya estuvieran ahí y yo solo les pusiera sonido. Fue todo muy bizarro. Expresar esa idea, con la complejidad que implica, con una muzarella colgando del brazo (no te extrañe que un verde en el diente también) y él… prestándome atención con un sombrero de Pirata y purpurina hasta en la tráquea. Se reía… con esa risa fresca que lo caracterizaba, y no paraba de mirarme a los ojos. Ni sé lo que es amar y ese gesto ya me estaqueaba el pecho. Minutos hablando sin hablar, uf… ¡y compartiéndo mi llanto con un desconocido!

Confieso que no pude dejar de lanzar un deseo al cielo y pensar “querido amor de mi vida… donde estarás”.

Pero voy a decirte algo que aprendí. Solo la verdad permanece. Recuerdo mirar al cielo y pedir a la vida perpetuar ese instante abajo de una lluvia de cerveja. Recuerdo clavarle las uñas cantando AMAR, AMEI, GOSTAR, GOSTEI, MASAGORA NOQUERO NENSHI GRASAAAAAR (que vendría a ser esto), y 30 canciones funky-brasileras-pegadizas mas. Recuerdo que la risa era compartida. Recuerdo por un segundo… uf… por un segundo que bien se sintió saber que era recíproco, algo que, aunque bastante looser, jamás experimento. Siempre estoy sola en la sensación de amar intenso un momento. Recuerdo cómo me invadieron las ganas de encontrar a alguien para que sea permanente.

Recuerdo amar… amar mucho. Amar todo, amar la vida, amar el clima, amar su risa, amar… amar con ardor, amar como si no hubiera otra salida posible. Amar, amar como escapatoria, amar como atajo a la felicidad. Pero amar. Siempre amar.

Saqué un pasaje a Cataratas de Iguazú tras la secuencia pre-pizza en una ataque de impulsividad. Simplemente algo no se sentía bien. Solo la pizza podía levantarme el ánimo. Me olvidé la mitad de las cosas allá, y en los dos días siguientes no paré de llorar. No paro de llorar mientras escribo esto. Vi Cataratas de Iguazú de contrabando 2am con luna llena, porque me hice amiga de un pibe que laburaba en el parque… y no lo aproveché ni un poco. Sabía que no era mi momento de estar ahí. Mi momento era en Río, de fiesta, respirando alegría en la calle. No pude pagar el hostel, y tuvieron que regalarme la estadía. No tenía plata para volver y una señora X me vio llorando en la calle y me regaló 200$. El mundo no para de darme una mano y yo todavía me quejo.

“Cadena de favores”, me dijo. Y se fue.

Soy consciente que por más que intentemos no se puedan recrear los estados anímicos mas que vivenciándolos en primera persona. Que lo único que me queda para acercarme lo mas acertadamente posible a esa sensación es el medio retrogrado de la palabra. No sé que tan retrograda sea la palabra amor. No se que tan desgastada, boicoteada, desgastada, subestimada esté, pero es la unica que encontré para describir el mar que atravesé en cuatro días, la más sincera e intensa posible, como la intensidad con la que me atravesó Guillherme, 96 horas después de toparme con su sonrisa en una esquina de Rio de Janeiro.

Quiero escucharte